A partir de ahí, el equipo se planteó enseguida poder sacar el oro. Es cierto que todos dicen que “las finales están para ganarlas” pero a veces te toca la otra cara y la pierdes. En este caso, no. Todos parecíamos preparados para ganar nuestra final.
Excepto Alberto (Entrerríos) y yo la mayoría del equipo nunca había llegado a la final de un campeonato mundial por eso me sorprendió el temple de mis compañeros. Estábamos todos bastante tranquilos, serenos, con aplomo, con ganas… Todo ello favorecido por el hecho de que jugábamos en casa, respaldados por el público y por la familia, lo que hizo que el equipo diera lo mejor de sí.
Recuerdo los momentos previos animados, con el gusanillo en el estómago y con una especie de incertidumbre-ilusión de saber que va a ser algo importante.
Le teníamos ganas a Dinamarca un equipo que, no debemos olvidar, era el subcampeón del mundo y campeón de Europa. Así que llegó el momento y nos fuimos a conseguirlo.
Hasta la salida del hotel fue especial. La gente nos estaba esperando en la puerta para animarnos mientras subíamos al autobús. Esto, habitual por ejemplo en el fútbol, no suele pasar en el caso del balonmano.
También nos estaban esperando los de la charanga de amigos de Maqueda con lo que entramos en el pabellón con la sensación de que era un día especial. Un día en el que podía pasar algo grande.
Pese a ello, en el vestuario no se notó que fuera un partido diferente. Parecía un encuentro más y no una final ya que nadie rompió sus rituales previos.
Cuando saltamos a la pista lo hicimos con la idea de disfrutar del momento porque sabíamos que esto solo pasaría una vez en la vida (ninguno de nosotros vamos a volver a vivir la final de un Mundial en casa). Y así lo hicimos.
Disfrutamos a tope y conseguimos una comunión única con el público, llegando a tener la sensación de que éramos un equipo imbatible. Y todo ello, reitero, sin olvidar que los daneses son unos de los mejores equipos del mundo.
Respecto a la final salió todo a pedir de boca. Desde el minuto uno fue el partido perfecto. Impresionante es la palabra que mejor lo define porque nadie podía imaginar que lograríamos la mayor renta encajada en una final de balonmano.
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